jueves, 12 de marzo de 2009

Don PanCHO


En las afueras del centro de La Plata, más precisamente en Tolosa, había un viejito macanudo bautizado Francisco que como ocurre regularmente era conocido como Pancho. Don Pancho tenía la costumbre, también muy común, de sentarse en la puerta de su casa a matear.
Don Pancho vivía sólo, y nunca solía pronunciar palabra, así que se establecían sobre su vida innumerables teorías en las cuales era viudo, solitario, viejo Vizcacha o el ángel de la cuadra. Al contrario del pensar ockhamista se impuso una teoría de lo más inverosímil en torno a su persona: don Pancho era un amuleto de la suerte.
La función que cumplía Don Pancho en Tolosa era la de oír las cosas buenas que le ocurrían a sus vecinos por boca de ellos mismos. Puesto que hacía ya unos años que se creía que todo lo que se le contaba a Don Pancho se perpetuaba en el tiempo. De este modo, todos los parroquianos se acercaban a contarle las cosas maravillosas y mediocres que ellos consideraban dignas de ser inmortalizadas. Carlitos le decía: "don Pancho tuve mi primera vez", Josefa "don Pancho conseguí trabajo", Eustaquio "¡¡¡don Pancho, era benigno!!!". A lo que el viejo nada respondía. Se creía que el mutismo de Don Pancho preservaba esos hechos para siempre. Los mantenía puros en la mente del viejo que sólo se dedicaba a matear cuando el sol se estaba poniendo en las cálidas tardes de Tolosa.
Esto se prolongó por años, don Pancho regularmente ponía su taburete en la puerta de la casa, la pava en el suelo, el mate que decía "Recuerdo de Montevideo" y tomaba sus amargos mientras oía las anécdotas que los vecinos querían registrar en su memoria: "don Pancho agarré el 33 a la cabeza", "don Pancho Julián me pidió casamiento", "don Pancho me ascendieron", "don Pancho me voy a Europa"...
Pero una tarde de 1992, cuando Felipe iba a contarle su éxito en el hipódromo, don Pancho se puso violeta, su brazo izquierdo se paralizó y el amargo nunca llegó a su garganta. El ataque fue devastador pero hubo tiempo para que Don Pancho dijera sus últimas palabras ante una escueta multitud de vecinos. Esa frase que jamás pronunció y que esperó, en el peor de los casos, unos treinta años: "por qué no se van todos bien al carajo".

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